Salidas abruptas, conversaciones secretas y una valuación que no llegó: la crisis interna en Thinking Machines Lab expone las tensiones de poder, dinero y liderazgo que atraviesan a la nueva élite de la inteligencia artificial.
Mira Murati fue una de las caras que vio el mundo cuando se lanzó ChatGPT hace apenas unos años. Ella fue uno de los astronautas en la luna. Después cada uno siguió su camino que no podía ser otro que el del éxito total. Cada uno de ellos valía su peso en oro, el mercado así lo entendió y Mira Murati creó Thinking Machines Lab, su propia compañía de IA. Hasta ahí, un sueño.
La industria de la inteligencia artificial no solo avanza a una velocidad inédita en términos tecnológicos y financieros, sino que también se ha convertido en un terreno fértil para disputas internas dignas de una serie dramática. El último capítulo de esta saga tiene como protagonista a Thinking Machines Lab, una de las startups de IA más observadas de Silicon Valley, fundada por Mira Murati, ex directora de tecnología de OpenAI.
El conflicto estalló el 12 de enero, cuando Murati fue convocada a una reunión por Sam Schoenholz, uno de los principales investigadores de la compañía. En la mesa también se sentaron Barret Zoph y Luke Metz, cofundadores de la startup. Los cuatro habían trabajado juntos previamente en OpenAI, antes de crear Thinking Machines en febrero del año pasado. Sin embargo, en menos de un año, la relación interna se había deteriorado de forma irreversible.
Según personas con conocimiento directo de la conversación, Zoph, Metz y Schoenholz estaban profundamente descontentos con el rumbo de la empresa. Thinking Machines se había quedado atrás respecto de OpenAI y otros competidores en el lanzamiento de productos, y además enfrentaba dificultades para levantar nuevo capital con una ambiciosa valuación objetivo de U$S 50.000 millones. Los ejecutivos presionaron a Murati para concretar una venta o alianza estratégica: Meta, dueña de Facebook e Instagram, había explorado la compra de la startup, y Murati había entablado un vínculo más estrecho con Dario Amodei, CEO de Anthropic. Ninguna de esas conversaciones derivó en un acuerdo.
Durante la reunión, los fundadores exigieron que Zoph —CTO de la empresa— asumiera el control de las decisiones técnicas. Incluso amenazaron con abandonar la compañía si no se producían cambios. Murati se negó. Dos días después, despidió a Zoph, de 32 años, acusándolo de actuar a sus espaldas.
El efecto dominó: OpenAI y Meta entran en escena
La salida de Zoph desencadenó una reacción inmediata. OpenAI, liderada por Sam Altman, reincorporó de forma casi instantánea a Zoph, junto con Metz y Schoenholz. Además, alrededor de nueve empleados, sobre una plantilla total cercana a las 100 personas, también dejaron Thinking Machines o recibieron ofertas para sumarse a OpenAI.
Meta, por su parte, intensificó su ofensiva por el talento: según fuentes citadas en el artículo original, la compañía realizó propuestas de contratación por cientos de millones de dólares a algunos empleados clave de Thinking Machines. Las deserciones dieron lugar a una guerra pública de versiones, con acusaciones cruzadas y filtraciones que incluyeron detalles personales sobre la relación de Zoph con una empleada de la empresa, un episodio que sumó tensión al conflicto.
“Las empresas felices necesitan que muchas cosas funcionen bien al mismo tiempo; para que una empresa sea infeliz, basta con que una o dos salgan mal”, resumió Venky Ganesan, socio del fondo Menlo Ventures, citando una famosa frase de Anna Karenina.
Una startup con capital, prestigio y pocas certezas
Thinking Machines había logrado reunir U$S 2.000 millones en financiamiento de actores de peso como Andreessen Horowitz, Nvidia y AMD. La ronda, anunciada en julio, valuó a la compañía en U$S 12.000 millones, a pesar de que todavía no había lanzado productos al mercado. En ese momento, Murati se limitó a afirmar que la empresa “existe para empoderar a la humanidad”.
La startup abrió oficinas en el distrito Mission de San Francisco, a pocas cuadras de la sede de OpenAI, y no escatimó en gastos. Incluso instaló un gimnasio interno con barras de pesas personalizadas con la marca Thinking Machines.
Recién en octubre lanzó su primer producto: una herramienta para que desarrolladores ajusten modelos de IA a tareas específicas, similar a soluciones ya ofrecidas por Google, Amazon y Microsoft. Para varios inversores, el avance resultó insuficiente frente a las expectativas y la valuación buscada.
En paralelo, Andrew Tulloch, otro ex OpenAI y cofundador, también impulsó la idea de vender la compañía. Al no prosperar, se marchó a Meta, que continúa reforzando agresivamente su equipo de IA.
Un reflejo de una industria en tensión permanente
El episodio de Thinking Machines no es un caso aislado. La industria de la IA arrastra un largo historial de disputas internas. Elon Musk rompió con Sam Altman en OpenAI en 2018 y luego demandó a la organización. En 2023, el propio Altman fue desplazado brevemente por el directorio, con Murati como CEO interina, antes de ser restituido.
Hoy, mientras OpenAI anuncia nuevos nombramientos clave para fortalecer su negocio corporativo —entre ellos, el regreso de Zoph como responsable de ventas de servicios de IA—, Thinking Machines intenta redefinir su futuro como empresa independiente.
Por ahora, Mira Murati, de 37 años, parece decidida a seguir sola. Pero la combinación de talento en fuga, inversores inquietos y una industria cada vez más competitiva deja una pregunta abierta en Silicon Valley: en la carrera por liderar la próxima era de la inteligencia artificial, ¿alcanza con visión y capital, o la estabilidad interna será el verdadero diferencial?

