Tras más de una década de estancamiento, IBM logró reposicionarse como un actor clave en la era de la IA, el software híbrido y la computación avanzada. Su acción se duplicó en tres años y hoy el mercado la valora como a las grandes compañías de software.
A lo largo de sus 115 años de historia, IBM demostró una capacidad poco común para reinventarse. En la década de 1990, la pionera de los mainframes evitó el colapso al reorientarse hacia los servicios de IT. Diez años después, tomó otra decisión estratégica al vender su negocio de computadoras personales a Lenovo, en China. Hoy, “Big Blue” vuelve a ser noticia por haber completado una nueva transformación, esta vez impulsada por la inteligencia artificial, el software empresarial y la computación híbrida.
Durante los años 2010, el negocio de IBM se vio seriamente afectado por el auge del cloud computing. La expansión de la nube pública golpeó tanto las ventas de mainframes como el negocio de servicios asociado a su mantenimiento, al mismo tiempo que proveedores de bajo costo desde India le quitaban participación de mercado. Como resultado, los ingresos y los márgenes se redujeron y el interés de los inversores volvió a desvanecerse.
Ese escenario cambió de manera contundente en los últimos tres años. En ese período, la acción de IBM más que se duplicó y, medida como múltiplo de ganancias netas, hoy cotiza a niveles similares a los de Microsoft y otros gigantes del software. El 28 de enero, la compañía reportó que en 2025 sus ingresos crecieron un 8% y su ganancia neta un 14%, una reversión marcada frente a años de estancamiento. La pregunta que se hacen los analistas es clara: ¿cómo lo logró?
El punto de partida fue la adquisición de Red Hat en 2019. En lugar de competir de forma directa con Amazon, Google o Microsoft en la nube pública, IBM decidió posicionarse como un orquestador de entornos híbridos. Red Hat le permitió crear una capa intermedia que facilita a las empresas combinar servicios de distintos hyperscalers, mientras continúan utilizando mainframes on-premise o nubes privadas —incluidas las de IBM— para tareas sensibles. Las compras de HashiCorp y Confluent en 2024 y 2025 reforzaron aún más ese rol estratégico.
En paralelo, IBM encontró su propio lugar en la inteligencia artificial. Aunque la compañía experimenta con IA desde hace décadas —incluido el recordado triunfo sobre el campeón mundial de ajedrez Garry Kasparov en 1997— quedó rezagada en la carrera de los grandes modelos de lenguaje. En vez de intentar competir directamente con OpenAI y otros desarrolladores de LLM, IBM optó por una estrategia distinta: lanzó una familia de modelos de lenguaje pequeños, llamada Granite, diseñada específicamente para aplicaciones empresariales y con menores requerimientos de cómputo.
Estos modelos, junto con otros de peso abierto que ponen sus parámetros a disposición de los usuarios, están disponibles a través de la plataforma watsonx. Allí, las empresas pueden construir agentes de IA entrenados con sus propios datos, una propuesta que apunta directamente a las necesidades del mundo corporativo.
El crecimiento en IA también se vio impulsado por una reconfiguración profunda de su negocio de servicios. En 2021, IBM escindió su división de outsourcing, hoy llamada Kyndryl, que entonces representaba cerca de una cuarta parte de su fuerza laboral. El resultado fue una unidad de consultoría más pequeña, pero mucho más enfocada en expertise técnico, un activo clave para clientes que buscan implementar inteligencia artificial.
Desde mediados de 2023, IBM firmó contratos de consultoría vinculados a IA generativa por más de U$S 10.000 millones. Al mismo tiempo, comenzó a aplicar la tecnología puertas adentro. El responsable de la división describió esta evolución como un paso hacia el concepto de “servicio como software”, en referencia a la digitalización y automatización del trabajo de los propios consultores.
La reinvención de IBM no se limita al software. La compañía sigue siendo, por amplio margen, el líder mundial en mainframes. El z17, lanzado el año pasado, tuvo una recepción muy positiva y ofrece acceso al nuevo chip Spyre, diseñado específicamente para ejecutar modelos de IA. A esto se suma su apuesta por la computación cuántica, un campo en el que IBM se mantiene en la vanguardia tecnológica.
Según estimaciones de McKinsey, el mercado de computación cuántica podría alcanzar casi U$S 100.000 millones hacia 2035. IBM aspira a capturar alrededor del 20% de ese negocio mediante la venta de equipos y el alquiler de capacidad de cómputo. Su objetivo es lanzar Starling, una computadora cuántica “tolerante a fallas”, capaz de detectar y corregir errores, para 2029.
En un contexto en el que los inversores miran con cautela a las empresas tecnológicas tradicionales ante el impacto potencial de la IA, IBM parece haber encontrado un equilibrio poco común. Mientras en los últimos tres meses las compañías de software del S&P 500 perdieron cerca de un séptimo de su valor y las acciones de Accenture cayeron un 25% interanual, IBM emerge como un caso distinto. Su combinación de software, servicios especializados, hardware e inteligencia artificial la posiciona, una vez más, como una de las grandes sobrevivientes —y beneficiarias— de una nueva ola de disrupción tecnológica.

