Sam Altman y OpenAI: vienen los mayores movimientos empresariales de la historia de la IA

Con OpenAI valuada en U$S 500.000 millones y más de 800 millones de usuarios semanales de ChatGPT, Sam Altman acelera una estrategia que combina IA, energía, hardware y poder geopolítico. El fundador se juega su legado —y el futuro del sector— en una carrera de escala sin precedentes.

Sam Altman no es un inventor en el sentido clásico. No diseñó el modelo fundacional de la inteligencia artificial moderna ni escribió los papers clave del aprendizaje profundo. Pero, como Steve Jobs, Bill Gates o Elon Musk, supo empujar una tecnología de frontera hasta convertirla en un fenómeno de masas. Desde noviembre de 2022, cuando ChatGPT irrumpió en la escena global, el CEO de OpenAI pasó a liderar la empresa que, para muchos, es hoy la más influyente del mundo.

Con apenas 40 años, Altman dirige una compañía que facturó más de U$S 13.000 millones el último año, fue valuada recientemente en U$S 500.000 millones y negocia una nueva ronda de financiación por hasta U$S 100.000 millones que podría llevar su valuación a U$S 750.000 millones o más. ChatGPT supera los 800 millones de usuarios semanales y, empujadas por su ejemplo, las grandes tecnológicas podrían invertir cerca de U$S 500.000 millones en centros de datos y chips de IA solo este año.

OpenAI como infraestructura del futuro

Altman se define menos como ingeniero y más como arquitecto de sistemas. Su ambición no está en perfeccionar un producto puntual, sino en construir la infraestructura sobre la que funcionará la próxima economía digital. “Somos testigos de cómo cada generación agrega una nueva capa de andamiaje”, afirma, al reflexionar sobre el progreso tecnológico.

Ese enfoque explica por qué OpenAI no se limita a modelos como ChatGPT o Sora, su generador de video. La empresa trabaja en chips propios, herramientas de software para el sector salud, un modelo de negocios freemium con publicidad y hasta evalúa incursionar en robots humanoides para fábricas. Mark Chen, chief research officer de OpenAI, anticipa que el objetivo es crear un investigador de IA “tipo pasante” que ayude a acelerar el trabajo científico interno.

La visión también se apoya en alianzas estratégicas de alto impacto. Microsoft invirtió U$S 13.000 millones desde 2019 y sigue siendo el socio tecnológico clave. SoftBank, liderado por Masayoshi Son, canalizó miles de millones y participa junto a OpenAI en proyectos para llevar IA a industrias japonesas. Y Disney sorprendió al mercado al invertir U$S 1.000 millones en OpenAI y licenciar personajes como Mickey Mouse o Darth Vader para Sora, permitiendo incluso contenido generado por IA en Disney+.

“Sam entiende que la interfaz no es decoración, define la experiencia humana”, dijo Jony Ive, el legendario diseñador de Apple, tras vender su firma de hardware IO a OpenAI por U$S 6.500 millones. El objetivo: crear una nueva familia de dispositivos con “conciencia contextual extrema y asistencia proactiva”.

Riesgos, rivales y tensiones internas

El crecimiento explosivo también expuso a Altman a controversias. En 2023 fue despedido brevemente por el directorio sin fines de lucro de OpenAI por no ser “consistentemente cándido”, según la acusación liderada por el cofundador Ilya Sutskever. Cinco días después, tras una rebelión interna y la presión de Microsoft, fue reinstalado.

Antes, otra fractura había dado origen a Anthropic, fundada por Dario y Daniela Amodei, hoy valuada en unos U$S 350.000 millones y con ingresos estimados en U$S 4.500 millones en 2025. Elon Musk, por su parte, rompió con OpenAI tras la creación del brazo con fines de lucro, lanzó xAI y hoy compite con Grok, en una relación que Satya Nadella, CEO de Microsoft, definió como de “frenemies”.

“Creo que estamos avanzando hacia un sistema capaz de innovar por sí solo”, sostiene Altman. Pero Nadella pone paños fríos: “No creo que estemos cerca de la inteligencia artificial general”. Incluso dentro de OpenAI hay ingenieros que temen que la empresa esté intentando hacer demasiado al mismo tiempo, especialmente tras la recepción tibia de GPT-5 y la pérdida del acuerdo con Apple para potenciar Siri, que terminó en manos de Google.

Escala extrema y apuestas históricas

Altman cree que no hay alternativa a la escala. Habló públicamente de una inversión potencial de hasta U$S 1,4 billones en los próximos ocho años en chips y centros de datos. También fue una de las caras visibles de Project Stargate, un compromiso de U$S 500.000 millones para infraestructura de IA en Estados Unidos, anunciado junto al presidente Donald Trump, Larry Ellison y Masayoshi Son.

Su portafolio personal refuerza la tesis: participa en Helion (fusión nuclear), Oklo (reactores de fisión modular), World (prueba de humanidad frente a deepfakes) y Merge Labs (computación neuronal), además de haber respaldado un experimento masivo de ingreso básico universal a través de la ONG OpenResearch.

Paradójicamente, Altman no posee acciones directas de OpenAI, pese a que eso alimenta teorías y críticas. “Probablemente debería tenerlas solo para no tener que responder más esa pregunta”, admite.

Hoy, como padre de dos hijos, asegura que la responsabilidad pesa más, pero no frena la ambición. Su idea de sucesión incluso desafía toda lógica tradicional: entregar algún día la conducción de OpenAI a una inteligencia artificial. “No me interpondría en eso”, afirma.

Para muchos críticos, Sam Altman intenta hacer a OpenAI “demasiado grande para caer”. Para sus aliados, simplemente está empujando la frontera de lo posible. En cualquier caso, sus apuestas ya están redefiniendo el mapa global de la inteligencia artificial y del poder económico que la rodea.

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