La compañía liderada por Sam Altman decidió cerrar su herramienta de generación de video tras pérdidas cercanas a U$S 1 millón por día y un consumo excesivo de chips. La decisión reconfigura la estrategia de OpenAI en plena carrera por dominar la IA empresarial.
La historia de Sora, el proyecto de generación de video de OpenAI, pasó en pocos meses de ser una de las apuestas más disruptivas de la industria a convertirse en un caso testigo de los límites económicos de la inteligencia artificial.
La decisión de cerrar la plataforma fue abrupta, incluso para socios estratégicos como Disney, que se enteraron del movimiento con menos de una hora de anticipación. Detrás de esa resolución hay una combinación de factores: costos descontrolados, baja adopción y una redefinición estratégica de cara a un eventual IPO.
Un producto que consumía demasiado… y generaba poco
Internamente, Sora ya era visto como un problema. Según fuentes cercanas al proyecto, la herramienta estaba perdiendo aproximadamente U$S 1 millón por día, principalmente por el enorme consumo de chips necesarios para generar video.
A diferencia de los modelos de lenguaje como ChatGPT, los modelos de video requieren procesar “mundos en movimiento”, lo que multiplica exponencialmente los costos de entrenamiento y ejecución. En un contexto donde el poder de cómputo es el recurso más escaso, Sora competía directamente con iniciativas más rentables.
Desde la compañía fueron claros sobre el criterio detrás de la decisión. Una portavoz explicó que están priorizando dónde asignar sus recursos:
“Este enfoque disciplinado sobre dónde aplicamos ese cómputo nos permite crecer, innovar más rápido y entregar de manera más eficiente a empresas y desarrolladores”.
De fenómeno viral a estancamiento
Cuando Sora fue presentado, generó un impacto inmediato. Los usuarios podían crear videos de hasta 10 segundos con simples descripciones: desde escenas surrealistas hasta recreaciones con personajes icónicos.
El propio Sam Altman comparó su lanzamiento con el momento inicial de ChatGPT. La herramienta incluso llegó al top del App Store tras su debut.
Sin embargo, el entusiasmo no se tradujo en uso sostenido. La base global de usuarios alcanzó un pico cercano a 1 millón, pero rápidamente cayó por debajo de los 500.000, según datos de Similarweb.
El problema no era solo la escala, sino la calidad percibida. Internamente, algunos empleados describían el contenido como más cercano a “AI slop” (contenido irrelevante o de baja calidad) que a la “magia” prometida.
El acuerdo fallido con Disney
Uno de los movimientos más ambiciosos alrededor de Sora fue el acuerdo con Disney. La compañía liderada por Bob Iger había acordado invertir U$S 1.000 millones en OpenAI y licenciar más de 200 personajes de su universo —incluyendo franquicias como Marvel y Pixar— para integrarlos en la plataforma.
El objetivo era claro: permitir que los usuarios crearan contenido personalizado con personajes icónicos, abriendo una nueva frontera en entretenimiento y propiedad intelectual.
Pero el cierre de Sora dejó el acuerdo en suspenso. “Respetamos la decisión de OpenAI de salir del negocio de generación de video y cambiar sus prioridades”, señaló Disney en un comunicado, confirmando que la relación quedó prácticamente congelada.
Una batalla por recursos en plena guerra de la IA
La caída de Sora también debe leerse en el contexto de una competencia feroz. Mientras Google avanzaba con Gemini y Anthropic ganaba terreno con herramientas como Claude Code, OpenAI comenzó a enfocarse en productos con impacto directo en productividad.
El propio Altman decidió redirigir esfuerzos hacia una nueva “superapp” basada en agentes de IA capaces de ejecutar tareas complejas: escribir software, analizar datos o gestionar viajes.
En ese esquema, Sora —intensivo en recursos y sin un modelo de negocio claro— dejó de tener sentido.
De la cultura pop a la eficiencia empresarial
El proyecto había sido concebido como una puerta de entrada masiva para la creatividad con IA, con aspiraciones de transformar la cultura pop. Incluso se exploraban integraciones con redes sociales y plataformas de entretenimiento.
Pero el giro estratégico es evidente: OpenAI está abandonando el frente más experimental y orientado al consumidor para concentrarse en soluciones empresariales, donde el retorno económico es más predecible.
Altman lo resumió internamente como una decisión difícil pero necesaria, destacando la importancia de hacer “compensaciones complejas” en función del futuro de la compañía.
El cierre de Sora deja una lección clara -con la vieja Apple no alcanzó- no solo para Altman, OpenAI sino para toda la industria de tecnología: en la era de la inteligencia artificial, no alcanza con innovar. También hay que sostener el modelo económico detrás de esa innovación.

