La decisión de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma frena una operación clave para Meta en el negocio de agentes de inteligencia artificial y expone el creciente peso geopolítico en la carrera tecnológica global.
En una señal clara del creciente control geopolítico sobre la inteligencia artificial, China decidió bloquear la adquisición de la startup Manus por parte de Meta, una operación valuada en U$S 2.000 millones que buscaba fortalecer su posicionamiento en el emergente mercado de agentes de IA.
La decisión fue tomada por la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (CNDR), el principal organismo de planificación económica del país, tras una investigación que se extendió durante meses. Sin dar explicaciones detalladas, el regulador ordenó a ambas partes cancelar completamente el acuerdo.
“La Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma ha tomado la decisión de prohibir la inversión extranjera en el proyecto Manus de conformidad con las leyes y reglamentos vigentes, y ha exigido a las partes involucradas que retiren la transacción de adquisición”, indicó el organismo.
Un golpe directo a la estrategia de Meta
Para Mark Zuckerberg y su compañía, el impacto es significativo. Manus era una pieza estratégica en su apuesta por los agentes autónomos de inteligencia artificial, una de las áreas más dinámicas dentro del sector.
La startup, fundada en 2022 por Xiao Hong, Yichao Ji y Tao Zhang, había captado la atención de Meta tras trasladar su sede desde China a Singapur a mediados de 2025. La adquisición fue anunciada en diciembre de ese mismo año, con un valor estimado entre U$S 2.000 millones y U$S 3.000 millones.
El objetivo era integrar su tecnología directamente en el ecosistema de Meta AI, reforzando su capacidad en automatización y sistemas agentic.
Sin embargo, el origen chino de la compañía terminó siendo un factor determinante. Manus surgió inicialmente como parte de Butterfly Effect, una empresa fundada en Beijing en 2022, lo que despertó preocupaciones tanto en China como en Estados Unidos.
Tensiones geopolíticas y regulatorias
El bloqueo no solo refleja la postura de China frente a inversiones extranjeras en tecnología sensible, sino también el creciente nivel de escrutinio global sobre el flujo de capital en inteligencia artificial.
En Estados Unidos, el senador John Cornyn ya había manifestado dudas sobre la inversión de capital estadounidense en empresas con vínculos chinos, cuestionando si este tipo de operaciones debía permitirse.
Del lado corporativo, Meta defendió la legalidad del acuerdo. “La transacción cumplió íntegramente con la legislación aplicable. Prevemos una resolución adecuada de la investigación”, señaló un portavoz de la compañía.
Una operación difícil de revertir
Más allá del bloqueo formal, la situación operativa es compleja. Aproximadamente 100 empleados de Manus ya se trasladaron a oficinas de Meta en Singapur desde marzo, y los fundadores asumieron roles ejecutivos dentro de la compañía.
Incluso, el CEO Xiao Hong pasó a reportar directamente a Javier Olivan, director de operaciones de Meta. Sin embargo, según los reportes, tanto Hong como el científico jefe Yichao Ji tendrían restricciones para salir de China continental.
Este escenario plantea interrogantes sobre el futuro de esos equipos y sobre cómo Meta reconfigurará su estrategia en la región.
IA, soberanía y control tecnológico
El caso Manus evidencia una tendencia más amplia: la inteligencia artificial ya no es solo una carrera empresarial, sino también un terreno de disputa geopolítica.
La decisión de China de bloquear una operación de U$S 2.000 millones subraya el valor estratégico que el país asigna a las tecnologías de IA, especialmente aquellas vinculadas a agentes autónomos.
Para Meta, el desafío ahora será encontrar alternativas para avanzar en este segmento sin depender de adquisiciones expuestas a tensiones regulatorias internacionales.
El episodio deja una conclusión clara: en la nueva economía de la inteligencia artificial, el acceso al talento, la tecnología y el capital ya no depende únicamente del mercado. También está condicionado —cada vez más— por decisiones políticas que pueden redefinir el rumbo de las grandes compañías tecnológicas.

